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Un mundo en dos orillas

Puerto de Huelva en la orilla del río Odiel al atardecer. Foto Manuel Minero.

Puerto de Huelva en la orilla del río Odiel al atardecer. Foto Manuel Minero.

Huelva y San Juan unidas por la inmensidad del Atlántico

Por Manuel Minero González

La ciudad de Huelva nació entre dos ríos, el Tinto y el Odiel, y pasó a la historia por unir las dos orillas del Atlántico.

De la provincia onubense partieron sus más ilustres hijos, empujados por los vientos Alisios y por un mar de circunstancias, para recalar en las Antillas. Desde Martín Alonso Pinzón hasta Juan Ramón Jiménez, para Huelva el fluir hacia las orillas de Puerto Rico era lo natural en una provincia que atardece mirando al océano y que desde muy temprano aprendió que allí, donde se esconde el Sol, reluce una ciudad de alegres colores llamada San Juan.

Monumento a Alonso Sanchez de Huelva. Predescubridor del Nuevo Mundo. Foto: Manuel Minero.

Monumento a Alonso Sanchez de Huelva. Predescubridor del Nuevo Mundo. Foto: Manuel Minero.

Desde sus orígenes aflora la similitud, cuando la población primigenia, asentada disfrutando de la virginidad de sus bosques y la fertilidad de sus tierras, dio paso a una sociedad establecida por navegantes y mercaderes de países lejanos que buscaban la riqueza en los metales de la región. Si a este lado del Atlántico se sucedían la llegada a Borinquén de Arcaicos, Aruacos y Taínos; en la orilla oriental otros fueron los pueblos que se asentaron en las cercanías de la mítica Isla Saltes y fondearon sus barcos en la Olba tartésica, que los fenicios rebautizaron como Ono-Baal, los griegos la vinieron a llamar Ονοβα y los romanos la latinizaron como Onuba Aestuaria. Tras los visigodos, los musulmanes llamaron a la ciudad Welba y sus geógrafos hablaron de esta taifa como “una alquería situada al occidente de Al-Andalus, en una ensenada del mar de las Tinieblas”. A ese mar los onubenses se lanzaban con arrojo a pescar, mercadear, batallar, piratear y cuanta actividad conllevara la navegación atlántica que pocos marineros conocían como ellos. Razón por la cual los Reyes Católicos confiaron en estos navegantes la misión de hacer real la teorías que hablaban de que tras el horizonte había más que un precipicio custodiado por mitológicas criaturas.

Y así fue como la antigua Onuba, que uniera los puertos de Siria, Alejandría y Cartago, trimó las velas de sus barcos para aprovechar los vientos portantes que le empujaban al otro lado del Atlántico. Sus navegantes, que ya eran conocidos en las islas de las Azores, las Canarias y en las costas Africanas, supieron encontrar en sus instintos todo el saber de la navegación que, desde los fenicios hasta los musulmanes, habían heredado a golpe de millas y marejadas.

De aquel viaje que por vez primera documentara la presencia de naves castellanas en aguas de las Antillas, para Puerto Rico es destacable aquel capítulo que protagonizó el onubense Martin Alonso Pinzón, cuando decidió separarse de la expedición para explorar, por cuenta a bordo de la Pinta, carabela que capitaneaba.

Fue en esas fechas, del 21 de noviembre de 1492 al 6 de enero de 1493, cuando algunas fuentes indican que Pinzón fondeó por vez primera en Borinquén gracias a las indicaciones de un piloto local que embarcaran en una isla visitada con anterioridad. A partir de ese momento, los navegantes de la rivera del Tinto y el Odiel frecuentaron estas tierras: Vicente Yañez Pinzón, Diego de Lepe, Juan Bermúdez, Pedro de Ledesma o el trascendental Antón de Alaminos, son sólo algunos nombres que pasaron a la historia por destacar entre los centenares de marinos onubenses que se embarcaron en esos primeros viajes.

Uno de los primeros síntomas de tal éxodo, fue la despoblación y pobreza inicial de aquellos pueblos que dejaron ir a los marinos que traían el sustento, y a los que muy pocos volvían envueltos en riquezas desde el otro lado del mar.

Tras los viajes de los descubrimientos, la continua presencia de población española en la isla de San Juan Bautista por más de 500 años casi asegura la aparición de onubenses en sus registros, pero el más destacado se asentó en esta isla medio siglo después de la Guerra Hispano-Americana. Se trata del poeta Juan Ramón Jiménez quien, iniciada la Guerra Civil Española, cruza la frontera hacia Francia junto a su esposa Zenobia para embarcar el Aquitania rumbo a Nueva York. Tras un infructuoso viaje a Washington, donde intentaron sin éxito recaudar fondos para los huérfanos de la guerra que dividía España, embarcan hacia Puerto Rico.

Placa conmemorativa en la casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer (Huelva). Foto de Manuel Minero.

Placa conmemorativa en la casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer (Huelva). Foto de Manuel Minero.

Desde ese momento, los lazos que el poeta crea con la ciudad de San Juan van más allá de la atracción y se entierran en los recuerdos de su infancia en Moguer, el pueblo que lo vio nacer. Tras un largo periplo por Estados Unidos y unas visitas fugaces a la Habana, Argentina y Uruguay, lo avanzado de su edad y la fragilidad de su estado emocional le hacen volver una y otra vez al Viejo San Juan para pasear bajo esos balcones que lo cobijan en la tranquilidad de sus más tempranos recuerdos.

Consciente de todo el bien que le hizo Puerto Rico y sus gentes, el onubense dona a la Universidad de Puerto Rico su biblioteca completa, con más de seis mil volúmenes, y esta institución se lo agradece creando la sala Zenobia-Juan Ramón Jiménez, que recibe este nombre por petición expresa del autor. De este modo, anteponiendo el nombre de su esposa al suyo propio, el poeta da cuenta del amor por Zenobia Camprubí, aquella mujer que fue más que su compañera y que muere pocos días después de que Juan Ramón ganara el Premio Nobel de Literatura. Y fue ella quien, paradójicamente, dibujó un círculo en la historia cuando en 1956 mandó a presenciarse en la isla de Puerto Rico al sobrino predilecto del poeta, aquel que lo cuidó hasta sus últimos días y que tenía por nombre Francisco Hernández-Pinzón Jiménez.

Y así se cierra más de cinco siglos de capítulos compartidos entre dos ciudades unidas por un océano de historias.

Bibliografía
Amador De Los Ríos, Rodrigo. Huelva. Barcelona: Est. Tip. Arte y Letras, 1891
Fernández Vial, Ignacio. Los marinos descubridores onubenses. Punta Umbría: Diputación de Huelva, 2004
González Duró, Enrique. Biografía interior de Juan Ramón Jiménez. Madrid: Libertarias/Prodhufi, 2002.


Sobre el autor

Manuel en el Museo del Mar de San Juan de Puerto Rico.

Manuel en el Museo del Mar de San Juan de Puerto Rico.

Manuel Minero González, natural de la ciudad de Huelva al suroeste de España, se licenció en Periodismo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla en 2009. Tras especializarse en Comunicación Empresarial, su curiosidad le llevó a continuar estudiando sobre su pasión, la Historia de la Navegación, acercándose al mundo de la Cartografía Histórica en la Universidad Internacional de Andalucía, en su sede de La Rábida, en Palos de la Frontera, Huelva. Trabajó durante cuatro años para la Fundación Nao Victoria, con sede en Sevilla, tres de ellos navegando en la Nao Victoria y en el Galeón Andalucía. De hecho, esta réplica de un galeón del siglo XVII fue el que le acercó a Puerto Rico, después de una travesía de 24 días entre Palma de Mallorca y Santo Domingo, atracaron en los muelles de San Juan en marzo de 2013 con el nombre de Galeón La Pepa y, tras un periplo por la costa Este estadounidense, Manuel Minero volvió a Puerto Rico para embarcarse en la aventura del Museo del Mar de San Juan.

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